domingo, 20 de febrero de 2011

Verticalidad

Tengo miedo a la lluvia, me escondo debajo de los aleros de las tiendas, en las paradas de los ómnibus, me refugio absurdamente hasta que la última gota sea lanzada con furia o indiferencia desde el cielo. Tengo miedo a la lluvia,  cosas que caen del cielo, puñales de agua que en un segundo dejaran de serlo.  

Desde abajo de una de las paradas del boulevard veo a un hombre caminado con impasible tranquilidad bajo esa capa de agua que imagino lagrimas de un ser que no tiene ojos. Pisa charcos, se para frente a los puestos de diario a leer las portadas y de las vidrieras de las tiendas para ver la ropa de moda. Tengo envidia, lo veo sonreír agradecido por un milagro inexistente, absorto en pensamientos que nunca voy a tener (y que si algún día tengo asociare con una enfermedad). Ese hombre camina por ciento diecisiete pasos por la acera este del boulevard principal de la ciudad, bajo una lluvia torrencial, hasta que lo pierdo de vista. 

Entonces ocurre, está saliendo del cuadro, de mi visión, y la curiosidad, el resentimiento, el final estúpido de su historia me seduce. Salgo de la parada y el agua cae sobre mi cuerpo como si cada gota pesara inconmensurablemente, como si cada gota se diluyera en mi sangre. Pero puede más la necesidad de seguir a ese hombre que mi propia identidad, me dejo borrar por el agua que cae irremediablemente en mi cuerpo, que va arrastrando mis fragmentos por la calzada.

El agua cae de la misma forma sobre nuestros cuerpos, hasta que al llegar a esa esquina cualquiera, ambos cuerpos parecen una solo.