Historia de la iglesia cristiana
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(30-70 d.C.) El Tiempo de Jesús y de los Apóstoles
- La muerte y resurrección de Cristo.
- Nace la fe cristiana y es predicado el evangelio de la gracia.
- La expansión de la fe cristiana; martirio de los primeros cristianos.
- Surgimiento de las primeras herejías; primeros concilios de la iglesia y canonización de las Escrituras.
- Constantino proclama al cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano; Era de los grandes concilios.
- El cristianismo se convierte en la fe de las masas; comienzo del monasticismo.
- La caída de Roma y el imperio Bizantino.
- Monjes Benedictinos son enviados como misioneros; el papa se convierte en el "gobernante" de la iglesia.
- Las Cruzadas: La iglesia conquista al mundo pero pierde su alma.
- Martín Lutero y el movimiento protestante.
- El comienzo de las denominaciones - Ejemplos: Luteranos, Reformados, Anabaptistas y Anglicanos.
- El papado pierde su poder e influencia.
- Secularismo -- La mente se convierte en dios; la gente comienza a preguntarse: "¿Quién necesita a Dios?"
- Reavivamientos tales como el Pietismo, el Metodismo, y el Gran Despertar, buscan restaurar a Dios en la vida pública.
- El mensaje de Cristo es llevado a tierras lejanas, pero la fe continúa saliendo de la vida pública.
- Sociedades pluralistas y totalitarias no ven relevancia en el cristianismo.
64 d.C. - Persecuciones
Clero y laicos Siglos II y III
Además, la distinción entre el clero y los laicos —largo tiempo sugerida por los principios del judaísmo— estaba surtiendo sus malos efectos en la iglesia. Los obispos y diáconos vinieron a ser una orden sagrada, y, en contra de todas las enseñanzas de las Escrituras, se les comenzó a dar un lugar preeminente. Los apóstoles establecieron ancianos —dando sin dudas su reconocimiento formal a aquellos que ya habían sido capacitados por el Espíritu de Dios; pero después que los apóstoles hubieron muerto, los supervisores [episkopoi, u obispos], que habían sido designados por los apóstoles para llevar a cabo una obra necesaria, y no meramente para tener una posición oficial, comenzaron a arrogarse para sí mismos el derecho exclusivo de enseñar y de administrar la Cena del Señor. Así, a comienzos del siglo segundo, ya existían en Asia Menor los tres cargos permanentes de obispo, presbítero y diácono.
Una vez quedó establecida la distinción entre el clero y los laicos, vemos una multiplicación de los oficios de la iglesia y la introducción de otros que nunca fueron contemplados en la Escritura. Estas actuaciones pueden haber servido para lograr un orden externo en la iglesia —y la verdad es que la necesidad del mismo fue de manera principal la causa de estas innovaciones— pero reprimieron la libre expresión de la vida espiritual y de la fe, y negaron el principio fundamental del cristianismo: que «hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos.»
La décima persecución, el 303 d.C.
La décima y final persecución bajo la cruel mano de Diocleciano fue indudablemente la más asoladora de todas. Todo el poder del Imperio Romano se combinó en un esfuerzo desesperado, no sólo para suprimir totalmente las Escrituras, sino para exterminar todo rastro de cristianismo de la tierra. Este terrible y definitivo conflicto entre el paganismo y el cristianismo, aunque añadió nuevos capítulos de gloria a los registros de los mártires, que iban aumentando, no llegó a impedir la germinación de las semillas de corrupción que se habían sembrado por la vinculación con el mundo.
La unión de la Iglesia y el Estado, 313 d.C.
Pronto se hizo sentir el pernicioso efecto de esta primera unión entre la Iglesia y el Estado. Constantino no aceptaba otra autoridad más que la suya, y recurría a medidas violentas para hacerla obedecer
El Edicto de Milán, 313 d.C.
A pesar de muchos y lastimosos fallos, se debe admitir que Constantino hizo muchas cosas de gran valor en su tiempo, y que su legislación en general da evidencia de la silenciosa acción de principios cristianos. (Nota 1.) Él fue el responsable de la redacción del famoso Edicto de Milán —a veces llamado la Carta Magna de la Cristiandad. Concedía a los cristianos una libertad total y absoluta para el ejercicio de su religión
El surgimiento del monasticismo
Fue en medio de esta confusión y manifiesta decadencia que surgió el monasticismo. Antonio, natural de Egipto, tuvo el dudoso honor de ser el primer monje.
A menudo demostraron ser un verdadero refugio para los enfermos, los pobres y los viajeros. Además, en el silencio de sus celdas, los primeros monjes copiaron y preservaron así muchos de los antiguos escritos, incluyendo las mismas Sagradas Escrituras. Todas estas instituciones, tan esparcidas, estaban bajo el control de los obispos; pero los monjes eran reconocidos sólo como legos por la iglesia. A finales del siglo quinto apelaron al Papa de Roma, pidiéndole permiso para ponerse bajo su protección, petición a la que él accedió bien dispuesto, porque estaba bien familiarizado con las riquezas e influencias de ellos. Así fue que los monasterios, abadías, prioratos y conventos quedaron sujetos a la Sede de Roma.
División del imperio Romano
La división del Imperio Romano resultó finalmente en la división de la iglesia, que quedó prácticamente completa hacia finales del siglo sexto, pero que fue consumada de manera oficial y definitiva sólo en el 1054. Las mitades oriental y occidental, la iglesia Católica Griega y la Católica Romana, emprendieron así cada una su camino por separado.
Siglo XI- El surgimiento del Papado
Con el siglo sexto comienza el período de Tiatira de la historia de la iglesia; en otras palabras, el papado de las Edades Oscuras. Nos lleva al tiempo de la Reforma
Siglo XII- Prosigue la decadencia de la iglesia
Fue en esta época que se estableció la abominable idea del purgatorio, mientras que la sencillez del culto cristiano quedaba sepultada bajo la pompa del ritual. Las tinieblas que se cernían sobre la cristiandad fueron espesándose con el paso de los años, y a principios del siglo séptimo la ignorancia del clero y la superstición del pueblo habían llegado a ser asombrosas
ingún pecado era demasiado vil que no lo pudiera perpetrar el ocupante del trono papal, ni parecía haber inquietud alguna por las cualidades del que lo debiera ocupar. En cierto tiempo se afirma que fue incluso ocupado por una mujer y, posteriormente, por un blasfemo joven inmoral de dieciocho años. En los años justo anteriores a la Reforma reinaron dos Papas simultáneamente, pretendiendo cada uno de ellos ser el representante de Cristo en la tierra, y acusándose el uno al otro, ante el mundo, de falsedad, perjurio y de los más nefastos propósitos secretos.
Las Guerras Santas — 1094—1270
El papado había ganado poco con su lucha contra el emperador, y una cuestión a resolver era cómo el poder espiritual podría lograr un dominio total sobre el temporal. Las nuevas tácticas que el enemigo sugirió, por medio del genio malvado de Roma, fueron las Guerras Santas. Las ocho Cruzadas que constituyen las Guerras Santas se extendieron por todo el siglo doce y gran parte del trece. Aunque totalmente fallidas por lo que respecta al propósito para el que fueron instigadas, la parte que tuvieron en el desarrollo de la iglesia de Roma justifica alguna referencia a sus motivaciones y desarrollo.
Testigos fieles en el siglo doce
A pesar de esto, el siglo doce vio las actividades de otros hombres piadosos además de Bernardo, y constituye un ejemplo trágico del poder cegador del papado el hecho de que Bernardo considerara generalmente a estos fieles testigos como herejes. De entre estos pretendidos herejes se pueden mencionar en particular a Pedro de Bruys y a Pedro Waldo. Sus actividades fueron similares en cuanto a que denunciaron abiertamente la corrupción de la iglesia dominante y los vicios del clero. Waldo fue el que llegó más lejos de los dos. No sólo renunció a aquel sistema religioso como anticristiano, sino que predicó el sencillo evangelio, y, al traducir los Evangelios a la lengua del pueblo, puso la Biblia en manos de los laicos, hecho éste que provocó el interdicto del Papa, excomulgándolo de la iglesia.
Tomás Beckett y el papado en Inglaterra
La sinopsis del desarrollo histórico del siglo doce no estaría completa sin una breve mención de la larga pendencia entre Enrique II de Inglaterra y Tomás Beckett, Arzobispo de Canterbury. De hecho, se trataba del viejo conflicto entre la Iglesia y el Estado, la misma batalla que había sido librada entre Enrique de Alemania y el Papa Gregorio, pero que esta vez se daba en suelo inglés
Pero si los sacerdotes regían al pueblo, el Papa regía a los sacerdotes. Todos le estaban sometidos, y tanto más cuanto que durante aquel tiempo se presentó de manera destacada el dogma de la infalibilidad papal. La «Bula de Infalibilidad» afirmaba que el Papa como cabeza de la iglesia no podía errar cuando enunciara solemnemente, como vinculantes para todos los fieles, una decisión sobre cuestiones de fe o de moral.
La Inquisición
Fue al comienzo de estas guerras que fue fundada la Inquisición, el más terrible de los tribunales de este mundo, por influencia de Domingo, un monje español que había tenido parte destacada en la persecución contra los cristianos en el sur de Francia. Al principio su actividad era secreta, pero en el año 1229 fue reconocida públicamente su gran utilidad en la detección de los herejes, y el concilio de Toulouse la constituyó como institución permanente. Se ordenó que se establecieran inquisidores laicos en cada parroquia para detectar a los herejes, con plenos poderes para que entraran y registraran todas las casas y edificios, y para someter a los sospechosos a cualquier examen que consideraran necesario. La lectura de la Palabra de Dios fue públicamente prohibida por Roma, e incluso su posesión era considerada como un crimen capital. Este terrible tribunal fue introducido gradualmente en los Estados Italianos, en Francia, España, y en otros países, pero nunca se permitió su entrada en las Islas Británicas.
La traducción de la Biblia al inglés, 1380
Pero Wycliffe era amado por el pueblo. Se interesaba en el bienestar de las gentes, les predicaba el sencillo evangelio, y tradujo la Biblia a un lenguaje que podían comprender. Para el tiempo de su muerte en 1384 sus seguidores eran conocidos por el nombre de lolardos, se habían hecho muy numerosos, y se encontraban entre todas las clases de la sociedad. Negaban la autoridad de Roma y mantenían la total supremacía de la Palabra de Dios. Como podía esperarse, una vez se desencadenaron las acciones del Vaticano (porque los frailes habían dado información al Papa en cuanto a lo que estaba sucediendo), no iban a detenerse hasta la supresión de los incorregibles herejes.
La traducción de la Biblia por Lutero
Volviendo a Alemania, todo parecía llamar a Lutero a gritos. Y él oyó este clamor en la soledad de Wartburg, y no lo pudo resistir. Diez meses después de la Dieta de Worms, puso su vida en el fiel de la balanza, y aunque seguía estando bajo el interdicto del emperador (como resultado de lo cual cualquiera que lo reconociera podría prenderlo) volvió a Wittenberg. Seis meses después su traducción del Nuevo Testamento fue impresa y dada al mundo. Fue recibida con gran entusiasmo y no menos de cincuenta y tres ediciones fueron impresas sólo en Alemania durante los primeros diez años de su publicación. Con la ayuda de Melancton, el íntimo amigo y fiel colaborador del reformador (Nota 4), poco después se añadió el Antiguo Testamento, y se ha dicho que el don de Lutero a sus compatriotas de la Biblia en su propia lengua hizo más por la consolidación y dispersión de las doctrinas reformadas que todos sus otros escritos juntos.
El comienzo del Protestantismo
Juan Calvino
La Reforma en la Suiza Francesa ya ha sido mencionada en el contexto de su relación con Juan Calvino. Su nombre y el de Guillermo Farel están inseparablemente relacionados con la Reforma en la Suiza Francesa y en la misma Francia. Tan fiera y explícita fue la condena que Calvino hizo de Roma que fue considerado como un enemigo más peligroso e implacable que Lutero.
La persecución contra los hugonotes
En Francia, el martirio de los cristianos, o Hugonotes, como fueron llamados los protestantes franceses, fue extremadamente severo. La historia de sus sufrimientos, en particular en la noche de la terrible matanza de San Bartolomé en 1572, es bien conocida, y ésta constituye, quizá, la matanza más malvada y desalmada que jamás haya sido perpetrada, y, como se debe añadir para su vergüenza eterna, Roma mostró un estridente gozo al recibir la noticia de que 100.000 personas inocentes habían muerto.
La Reforma en Inglaterra
Enrique VIII persigue a los reformadores
El rey y el clero llegaron a un acuerdo de un carácter de lo más infame. El rey les dio autoridad para encarcelar y quemar a los reformadores siempre que ellos le ayudaran a rescatar el poder que había sido usurpado por el Papa. En 1540 esta persecución iba a recibir un nuevo empuje con la aparición de los famosos Seis Artículos. La causa ostensible de esta malvada ley era promover la unidad de los súbditos de Enrique en cuestiones de religión. En realidad, se trataba de un sutil medio para poner a los protestantes fuera de la ley. Así, lo que sucedió fue que la rotura sólo se hizo más grande. Condenaba a muerte a todos los que se opusieran a la doctrina de la transubstanciación, de la confesión auricular, a los votos de castidad y a las misas privadas, y a todos los que apoyaran el matrimonio del clero y dar la copa a los laicos.
La benéfica influencia de Eduardo VI
Al morir Enrique VIII, Eduardo VI accedió al trono de Inglaterra con la noble ambición de hacer de su país la vanguardia de la Reforma. Como era sólo un niño de nueve años en el momento de su coronación, el Duque de Somerset —un genuino protestante— fue designado como protector del reino. El primer uso que hizo Somerset de su autoridad fue abolir los odiosos Seis Artículos, y, hecho esto, dirigió su atención a otras reformas, siendo la más significativa el levantamiento de la prohibición de la lectura de las Escrituras. El joven rey mismo no se mostró remiso a encabezar estas acciones, y no menos de once ediciones de la Biblia fueron publicadas durante su breve reinado.
Iglesias independientes
Rápidamente se iniciaron una gran variedad de iglesias o sociedades religiosas en muchas partes de la cristiandad, efectuando cada país su propia idea en cuanto a cómo debía constituirse y ejercerse el poder eclesiástico. Esta diferencia de opinión resultó en los cuerpos nacionales e innumerables cuerpos disidentes, todos independientes entre sí, que siguen viéndose por todas partes. La mente de Cristo en cuanto al carácter y la constitución de Su iglesia parece haber sido totalmente pasada por alto por los líderes de la Reforma en su insistencia en el gran principio de la fe individual.
El Concilio de Trento, 1545
Será sin embargo oportuno decir aquí que en lo fundamental el carácter del Romanismo quedó sin cambios a pesar de la Reforma. Incluso se aprovechó de las aguas revueltas, que liberaron a millones de almas de su servidumbre, para enunciar una clara confesión de su fe. Esto tuvo lugar en el Concilio de Trento, y aunque se establecieron cánones, o artículos de fe, que eran esencialmente de carácter apóstata, las decisiones doctrinales a las que se llegó en aquel tiempo han sido desde entonces consideradas como el sumario autoritativo de la fe Católicorromana.
La alta y baja crítica
Lo cierto es que cuando la erudición invirtió sus energías en cuestiones religiosas, hacia fines de aquel siglo, se apartó del principio de la fe por el cual se han de comprender todas las actividades de Dios, e introdujo un sistema de la crítica que hizo de la erudición y de la mente puramente racional el criterio por el que se debía juzgar del origen y autoridad de las Escrituras. Este movimiento comenzó en Alemania y en otros lugares, propiciado por académicos reconocidos que, en sus escritos, arrojaron dudas sobre la autoridad de la Sagrada Escritura. Los que pusieron en duda la exactitud textual de la Palabra fueron llamados «críticos bajos», y los que suscitaron cuestiones acerca de la credibilidad o paternidad de los libros de la Biblia fueron llamados los «críticos altos».
El cristianismo y la ciencia en conflicto
Una agitación mucho más profunda fue la causada cuando la ciencia entró en conflicto con el cristianismo. En 1830 Sir Charles Lyell publicó sus «Principios de Geología». Al dejarse de observar la gran discontinuidad temporal entre el primer y segundo versículos de la Biblia, sus argumentos fueron aceptados por muchos como constitutivos de un reto válido a la enseñanza de las Escrituras acerca de la cuestión de la creación, y el espíritu de escepticismo generado por los críticos altos y bajos recibió un ímpetu adicional desde esta fuente. Esta tendencia fue intensificada con la publicación en 1859 de la obra de Charles Darwin El Origen de las Especies, y de El linaje del hombre en 1871.
1 comentario:
grax is for a homework
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