lunes, 19 de abril de 2010

Lo Absoluto


Estoy sentado en una silla de playa y veo la abeja venir hacia mi, deliberadamente clava su aguijón en mi brazo. Yo me mantengo inmovil , como esperando la inyección de una enfermera que va a vacunarme de una peste que ya tengo. Mato el reflejo de mover el brazo por la fascinación de su trayectoria violenta, con su belleza anterior a las definiciones de belleza humanas.
Algo ocurre.
Toda la tarde espere que el previsible espectáculo del sol desplazandose gradualmente en el cielo llegase a su fin, sentí el calor en mi piel, deje que corriera el sudor por mi frente, que derritiese mis pensamientos hasta convertirlos en una solo, en un único pensamiento-angustia tan primitivo y tan natural como la la abeja que acaba de picarme.
Algo ocurre y es que no siento ningún dolor. Me quedo mirando el brazo, la piel enrojecida y lastimada que denuncia el intruso y yo solo contemplo como un juez que pasó a creer en otra definición de justicia. El sol sigue su trayectoria y yo sigo observando el espectáculo, acompañado por ese gusto dulzón que tiene la tristeza en verano.


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