
Estoy sentado en una silla de playa y veo la abeja venir hacia mi, deliberadamente clava su aguijón en mi brazo. Yo me mantengo inmovil , como esperando la inyección de una enfermera que va a vacunarme de una peste que ya tengo. Mato el reflejo de mover el brazo por la fascinación de su trayectoria violenta, con su belleza anterior a las definiciones de belleza humanas.
Algo ocurre.
Toda la tarde espere que el previsible espectáculo del sol desplazandose gradualmente en el cielo llegase a su fin, sentí el calor en mi piel, deje que corriera el sudor por mi frente, que derritiese mis pensamientos hasta convertirlos en una solo, en un único pensamiento-angustia tan primitivo y tan natural como la la abeja que acaba de picarme.
Algo ocurre y es que no siento ningún dolor. Me quedo mirando el brazo, la piel enrojecida y lastimada que denuncia el intruso y yo solo contemplo como un juez que pasó a creer en otra definición de justicia. El sol sigue su trayectoria y yo sigo observando el espectáculo, acompañado por ese gusto dulzón que tiene la tristeza en verano.
Algo ocurre.
Toda la tarde espere que el previsible espectáculo del sol desplazandose gradualmente en el cielo llegase a su fin, sentí el calor en mi piel, deje que corriera el sudor por mi frente, que derritiese mis pensamientos hasta convertirlos en una solo, en un único pensamiento-angustia tan primitivo y tan natural como la la abeja que acaba de picarme.
Algo ocurre y es que no siento ningún dolor. Me quedo mirando el brazo, la piel enrojecida y lastimada que denuncia el intruso y yo solo contemplo como un juez que pasó a creer en otra definición de justicia. El sol sigue su trayectoria y yo sigo observando el espectáculo, acompañado por ese gusto dulzón que tiene la tristeza en verano.
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