La novela de Kenzaburō Ōe me permitió sumar un elemento de juicio más para entender la cultura japonesa. Pensando rápidamente se me viene a la cabeza un par de películas de terror del cine japonés, las novelas de Haruki Murakami y las fotos de Moriyama Daido. Agregar a todos estos elementos esta novela es coherente estéticamente: tiene algo de morbo, oscuridad y absurdo. Nos hace vivir una especie de terror ancestral hacía la vida y su naturaleza.
La historia comienza con un hombre que espera el nacimiento de su hijo caminando errante por las calles de Japón. En esa introducción este sujeto busca y encuentra situación extrañas y se enfrenta al dilema de lo que representa un hijo en su situación actual. Ese nacimiento amenaza su sueño más grande que es realizar una expedición a África. Al regresar al hospital se enfrenta a una noticia que no esperaba. Su hijo ha nacido con una malformación que lo condiciona de por vida. Una malformación que lo convierte en un monstruo. Los médicos le informan que la expectativa de vida es mínima.
Con su esposa tiene un trato totalmente impersonal y a instancias de su suegra deciden ocultar todo lo que está sucediendo. El niño es trasladado a otro hospital para esperar su muerte. El protagonista atraviesa este problema en soledad. Sin embargo esta situación empieza a sacar a luz otros problemas que se ocultan dentro de su ser. A medida que el tiempo pasa, se comienza a alejar de su realidad y de cumplir su sueño. Comienza a vivir una especie de estado de duelo a un paso de la autodestrucción. Sin embargo en este caos, en este pozo oscuro parece que puede encontrar una esperanza y la oportunidad de redimirse.
Al leer las descripciones del niño es inevitable pensar en Kafka, el absurdo, lo oscuro, lo antinatural, lo grotesco. Recordemos que estamos hablando del Japón post segunda guerra mundial. Además el libro explota un tema tabú, un horror que todos llevamos dentro, el de engendrar una “criatura” anómala, monstruosa. El darnos cuenta de que el milagro de la vida no es para nosotros, de que somos víctimas y victimarios a la vez por ese pobre individuo que trajimos al mundo.
A su vez todo el contexto hace que la situación que vive el personaje se extrapole a la situación mundial. Un mundo en amenaza nuclear, que es escuetamente referido por el escritor pero que nos hace entender que la “Cuestión Personal” del protagonista es una amenaza y un dilema que enfrenta todo la humanidad.
El final del libro puede resultar extraño, quizás hasta desleal, como escrito en otro momento y por otra persona. Sin embargo es el final que se encarga de transmitir el mensaje central, haciendo trabajar el resto del libro a su servicio. Como si todo lo previo fuera solo la descripción de la inmensa oscuridad donde brilla lo mejor de nuestra humanidad. Claro que todo resulta más transparente y más inspirador si se lee la biografía de Kenzaburō Ōe.
No hay comentarios:
Publicar un comentario