miércoles, 21 de mayo de 2014

El origen de la tristeza es la primer novela de Pablo Ramos, un libro que tiene un componente autobiográfico muy fuerte y que está ambientando en el suburbio bonaerense de 20 o 30 años atrás.

Habla de un mundo que ya no existe, al menos más allá de la cabeza del autor y algunos de sus lectores, que logran transportarse con el libro a un típico barrio obrero de aquel tiempo, marcado por la pobreza, por el sacrificio, por la colectivización de las experiencias de vida, los prejuicios y los discursos de moda.

El libro está narrado en primera persona y el protagonista es un niño que vive en el momento clave de la vida, cuando comenzamos a perder la inocencia. Se suma además que vive en un mundo marcado por la adversidad, lo que lo obliga a moverse hacia una adultez precoz, experimentando todo el rigor del aprendizaje por "prueba y error".

En el libro se relatan tres anécdotas de vida, que tienen cierta independencia entre sí, pero que plantean el universo literario del protagonista y desarrollan el argumento que gira entorno al título del libro. Quizás el origen de la tristeza no explique únicamente la experiencia de vida del protagonista o del autor, también la experiencia traumática que todos enfrentamos cuando perdemos la inocencia y nos damos cuenta de la vicisitudes de la vida.

Sin embargo, más allá de los momentos traumáticos y el drama que vive el protagonista, en la novela se muestran también esos momentos de felicidad efímera y descubrimiento que “salpican” la vida, que nos dan ganas de vivirla y también de volver a nuestra infancia y adolescencia.

Por momentos me pareció que estaba ante una versión “peronista” de "Las ventajas de ser un marginado" (me fui al carajo con la comparación), donde queda clara la importancia de las amistades en la pubertad y la adolescencia y también la necesidad de conocernos a nosotros para conocer el mundo (y a la inversa). En ambos casos los protagonistas son seres sensibles y creíbles, con nexos fuertes con sus coetáneos, pero también con algunos adultos claves que los ayudan a crecer.

Al leer este libro me acordé de "La noche de los dones" de Borges, donde el protagonista conoce en una noche las dos experiencias más relevantes a los que nos enfrentamos como seres humanos: el amor y la muerte.

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¿Cómo describir mi llanto..., mi odio...,
la desesperación de haber perdido el paraíso?
ROBERTO ARLT

Y descubriste que crecías como tus padres. Que papá
no era Dios, ni siquiera un buen vendedor, sino un
hombre tembloroso y aterrado en medio de una pesadilla.
J . P. DON LEAVY

“En una de las mesas hubo un revoleo de dados seguido de unos manoteos, y mientras alguien recitaba la formación de Argentina en el mundial de Inglaterra, un largo zapucai llegó desde la letrina justo a tiempo para tapar el "Uruguayo botón" que otro decía por lo bajo. Hasta que un pelirrojo grandote al que llamábamos La Garza, aseguró que la Provincia Oriental del Uruguay había sido siempre argentina y que debían devolverla.

—¡A ver si se calman un poquito porque si no llamo a la taquería! —gritó el Uruguayo, y golpeó varias veces el mostrador con el culo de una botella—. Te das cuenta, pibe —me dijo—, uno se embrutece entre estos monos....”

Rolando tenía unos cincuenta años y llevaba más de treinta viviendo en las bóvedas del cementerio de Avellaneda. Por eso casi todo el mundo se lo tomaba en joda. Y más cuando estaba borracho. En cambio yo pensaba que cada cual podía vivir dónde se le diera la gana. Nosotros, por ejemplo, vivíamos entre los vivos y eso no quería decir que la pasáramos mejor. Era cuidador del cementerio y en su oficio había que lustrar bronces, arreglar tumbas, limpiar

los huesos de los que iban a pasar de tierra a nicho y juntar del crematorio lo que podía quedar de un finado para ponerlo en una bolsita y entregárselo a los pariente....

Las mujeres de los afiches eran tantas que uno se mareaba. Pero había una en particular de la que yo me había enamorado. Y me había enamorado en serio. Estaba sobre la pared del banco destinado al archivo de papeles.

Era una rubia que hacía la propaganda de los rulemanes SKF. Estaba delicadamente desnuda, montada a caballo en un rulemán gigantesco. El pelo lacio hasta la cintura, los labios húmedos apenas abiertos y las tetas rosadas llenas de diminutas gotas de rocío. Tenía la mirada triste, como si alguien la hubiera abandonado sobre ese rulemán que mantenía apretado entre las piernas por temor a caerse. La foto era tan real que a donde quiera que yo iba la rubia me seguía con la mirada. Lo raro del afiche era que en la parte de abajo, en letras chiquitas, figuraba su nombre.Decía: Modelo: Andrea C.

—Los que tenemos más tiempo en el barrio vamos en la primera tanda —dijo Percha. Y aunque sonaba bien, igual se nos complicaba porque salvo el Carlón y el Tumbeta todos vivíamos desde siempre en el barrio. Marisa dijo que le parecía una idea injusta, y que mejor lo hiciéramos revoleando una moneda: a cara o ceca, pero nadie estuvo de acuerdo.
—Y vos qué te metes —le dijo Alejandro—, si no la tenes igual que nosotros.
Marisa, que era la que mejor peleaba porque practicaba judo en el Brisas del Plata, saltó encima de mi hermano, le hizo una Doble Nelson y lo obligó a retirar sus palabras.
—Marisa si tiene ganas también va —dijo el Chino—, y después que haga lo que quiera.

Mis amigos se quedaron dormidos como ángeles. Salvo Marisa y yo que quedamos despiertos, en silencio, mareados, bajo el ruido suave de los chorros que llegaban a su fin. Sentí cómo la cercanía de su presencia modificaba algo en mí, que tal vez tenía que ver con esa extraña tristeza. La miré: mi amiga ya no era la misma. Le vi los pequeños pechos endurecidos contra la remera húmeda y me crucé con su mirada: una mirada que me dio como un chucho. Vino hacia mí. Empapada, con la ropa pegada al cuerpo, y sin dejar de
mirarme a los ojos. Pegó su cara a la mía, me apretó fuerte contra sus tetas y me metió la lengua en la boca

Entonces apareció Marisa. Tenía el pelo negro recogido sobre la nuca, la cara blanca bien lavada y los pómulos rosados. La miré y me quedé petrificado. Descubrí en ese momento qué era la belleza. Había estado confundido toda mi vida; no había nada en los afiches del taller de papá que pudiera compararse a la imagen que ahora tenía Marisa. La camiseta, como a todos nosotros, le debía de quedar grande, pero ella se había ajustado el chaleco de arpillera con una soga y eso le hacía resaltar la figura. Recordé el sabor de su lengua en mi boca y la presión de sus tetas. Podía imaginar, detrás de aquel abrigo improvisado, el escudito de cuero que, como un satélite verde, flotaría entre los suaves planetas que eran sus tetas...

En ese momento me pareció que la vida era un hecho triste y feo, sobre todo feo. El incendio amenazaba dejarnos sin barrio y ahora nuestra escuela se había convertido en la casa de la gente sin casa y parecía que nunca más volvería a ser nuestra escuela.

Aunque la idea era para entusiasmarse —quiero decir: cualquiera en mi lugar se habría entusiasmado con ella—, me sentí mal. Estaba avergonzado, por lo de soñador; era algo que siempre me decía la Cueto, pero ahora que la señorita Florencia había usado la misma palabra creí que ella también era parte de lo mismo, y que era incapaz de ver más allá de las apariencias. Sentí que, por distinta que fuera ahora, se convertiría con el tiempo en una persona falsa.
—Yo no soy soñador —dije.
—Bueno, Gabriel —dijo la señorita Florencia—, ser soñador es, para algunas cosas, algo muy bueno.
—Algo muy bueno que yo no soy —dije.

Ojalá no lo hubiera dicho. Era una mentira espantosa: nunca un adulto iba a ser de verdad el amigo de un chico. No sé, pero era horrible, yo me hacía una idea de alguien y esa idea crecía y crecía en mi cabeza para el lado que yo la alimentaba; después, un santo día, esa persona largaba dos o tres palabras y todo se me iba la mierda. ¿Por qué me habían llamado a mí? Yo no era el mejor alumno de mi clase, y la señorita Florencia no me hablaba mucho, hablaba casi siempre con María Campari, o con los hermanos Alonso: unos gemelos tan inteligentes como uno se podía imaginar. Sentí que todo era una farsa y no entendía por qué me habían elegido a mí para llevarla a cabo.

Tomé un puñado de ralladuras de estaño y caminé hacia la pecera. Los peces seguían como si nada, de acá para allá. Saqué la tapa y solté una pequeña cantidad. Un pez subió desde las piedritas del fondo y picoteó el estaño. Entonces solté el resto: una lluvia plateada, que quedó suspendida en el agua revuelta por los sacudones que daban los peces al comer





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